Cassettes de antaño para borrarse

Alguna vez, posteé que nosotros somos un error de nuestros padres. Un error planeado. Un error no planeado. Al fin y al cabo, un error. O me van a decir que su papá dijo "hoy le voy a atinar para hacerlo". Nel. Ese fué un chascarrillo de El Creador. ¿Por qué? Porque nos hizo imperfectos.

Digo El Creador, porque para muchos el concepto cambia.

Y desde entonces, cometemos errores. Los mismos. Mi error por principio fue casarme sin estar enamorado. Eso no quiere decir que no tuviera ilusiones, claro que las tenía y muchas. Quería ser feliz. Y tal vez mi alocada, estupida, impulsiva e incoherente maceta supuso que lo sería con un niño en puerta. Grave error.

Mi decisión, no el niño. De hecho, fuí feliz el día que nació. Mucho. El muy cabroncito se sonrió desde el primer momento que le hablé. Por más que yo quiera, no puedo odiarlo. Es obvio que por ser mi hijo, sería una antirregla. Pero muchas veces hace lo imposible por hacerme encabronar. Supongo que yo cometía las mismas chingaderas que él, y ahora las estoy pagando. Todo esto, patrocinado por el karma. Bendito karma.

Mi mente siempre fué desordenada. Nunca tuvo un status estable. Vaya que, siempre fué de altibajos. Toda mi vida siempre fué de altibajos. Después vinieron los errores, las pendejadas y por último el irrespeto. Pinche irrespeto y desconfianza. Y ahí valió madres. Con ella, perdí mi identidad, sentí como que mi vida fracasó durante 27 años. Y con ella, mi capacidad de querer. Enterró todo. Tal vez fué por eso que seguí cometiendo pendejada tras pendejada. Y sólo el destino me llevó a cometer la Pendejada Mater. Si. Aquella que cometí en 2008 y de la cuál me arrepentiré toda mi vida.

Pueden ahora tocar el tema de Desiderata.

Pues bien, después de toda la novela al estilo Corin Tellado con Jorge Perugorría, Maricel Álvarez y Maribel Verdú como protagonistas, viene la calma. Si, adivinaron, la novela se llamaba "Tormenta" -la cual tuvo consecuencias -. La calma donde parecía que todo iba a salir bien. Sólo que no contaba con que el destino me daría la última estocada, aquella con la que terminé de aprender. Esa estocada, by the way, ya se casó. Después cometí estupideces, entre ellas, con personas que nada debían conmigo. Era un tren sin control, me llevé a varias personas en mi inmundicia. Me arrepentí varios días con sus noches, y vaya, no creo que me perdonen algún día. Ni que me entiendan tal vez, sólo espero que cuando nos veamos en la eternidad no me volteen la cara cuando les salude.

Alguna vez dije: "¿quién soy yo para criticar la mala vida?" e invariablemente respondí: "un conocedor". Si, caí a lo más bajo, donde los exploradores de la mala vida llegan. Ahora me siento mal cada que esas personas del pasado me presumen su felicidad. ¿Por qué? Vaya que, toda persona que haya compartido contigo algo, queda en tu corazón. De una u otra manera, tuviste una expectativa, un plan. Cuando te lo dicen, dices "ok, qué bueno por él o ella". Pero en el fondo, por más que te quieras hacer pendej@, arde. Dices "yo bien pude haberl@ hecho feliz". Sin embargo, te llega a valer madres. No quieres saber, pero te llega a valer madres. Es la incoherencia o el saber que nunca te perdonaron, ergo, nunca te perdonaste.



La cuestión es: ¿cómo borrar éstas vivencias, éstos recuerdos? Así como muchas veces he querido un carro que viaje en el tiempo para corregirlo, también quisiera que la mente fuera una cassettera que se pudiera borrar. ¿Para qué? Para poder llenarlo de muchas más vivencias sin dolor, sin penas, sin culpas. Pese a ésto estoy bien. Estoy feliz. Hago feliz a alguien. Y así quiero envejecer.

Todo depende del punto de vista. Desde aquí, donde estoy, todo se mira bien.

Y así seguirá, con una chingada.

Cheers...