La razón de lo incoherente

He esquivado muchas veces en la vida la responsabilidad. Desde el hecho de lo inevitable hasta lo más evidente que se me ha presentado en cuestión de razones. Lo he tratado de entender y aún así, salgo perdiendo. No sé cuánto he perdido tratando de buscar y buscar lo inexistente a ciertas acciones que se han salido de mi control. Siendo una persona que busca tener todo a su alrededor, ergo, una persona controladora, tal vez ahí la razón de mi frustración.

Ahora no vivo mal, no, tal vez sea la época más estable de mi vida, en materia sentimental. Sin embargo, hay una conexión que no he podido terminar, que no quiere terminar. De esas tercas sensaciones que no he podido evadir, mucho menos cortar. De esas que tienen una sensación no positiva y que acaban por destruir el ego. De esas que no es tan fácil decir 'ahí murió, ahí quedó'. De esas que rompen todos los esquemas. Y es que muchas veces en la vida, es difícil voltear y decir 'eso no valió la pena', porque sí lo valió. Y te niegas a morir, como el soldado en medio de la guerra queriendo salvar la vida. De esas batallas que sientes que pierdes, pero no por eso, la guerra termina.

La verdad: la extraño. Y es todo lo que tengo que decir, porque dar explicaciones rebuscadas a lo evidente es buscarle (sic.) tres pies a un gato. Ese gato que te azota todas las noches sin cesar y te dice 'ven, adelante'. Y tú te niegas, porque sabes que si vuelves a esa vorágine de emociones, simplemente destrozarás lo ya construido. Y no debes arriesgarte a saber si esa reconstrucción de vivencias puede acabar en algo bueno, o simplemente en algo que terminará por destruirte. Aunque sabes que si vuelves al reencuentro, lo disfrutarás como si fuera la última vez que respiras en La Tierra antes de que ésta estalle por un pinche meteorito que acabe con toda la vida. No saben cómo deseo a veces ese momento. Pero ella no.

Ah, qué la chingada conmigo, que no sé sacarme las espinas. Pinche y terco masoquismo.

Cheers...


Los mexicanos somos agachones y jodidos

Los medios de comunicación son, en su expresión más noble, un conjunto de herramientas para servir a la sociedad, informando y acreditando los hechos que en el acontecer diario suceden en el entorno en que vivimos, así como en la vida mundial. 

Un medio se degrada cuando hay intereses mediocres y carentes de cultura, así como de intelecto. 

Los mexicanos somos agachones: nos creemos el Teletón, nos gusta ver Sabadazo, queremos ver bailar a las estrellas de la farándula lo mismo que ver fantasmas chafas captados por lentes manipuladas. Somos esclavos de una televisión para jodidos. 

Queremos pan y circo. 

Quiero verle los senos a las vedettes que aparecen en las telenovelas y los shows en vivo, pero me indigna vérselos a una mujer que hace una protesta afuera de una institución de gobierno que, paradójicamente, se muestra en los noticieros de esas mismas cadenas de televisión barata y decadente.

Y ahora el colmo.

Ya desde antes, Celia Lora había experimentado el horror de ésa televisión (que terminó por tragársela e hizo caer su vida en el absurdo) que saca provecho de la desgracia. Nosotros los pobres, ustedes los ricos. Es la idiosincracia del mexicano: El chavo del ocho, Carlos Slim, Paquita la del Barrio, Jorge Kawaghi, La Vírgen de Guadalupe, el Himno Nacional.

Ni siquiera tenemos los derechos de autor de nuestro propio himno.

Cuando observé el vídeo de Feliciano ("Manuelito" como le llamaron en un principio), me indigné por el sólo hecho de ser abusado por un adulto. Después, el coraje me invadió al reflexionar y pensar que ese niño es víctima de un sistema gubernamental jodido que lo obliga a trabajar porque no hay para útiles escolares, pero sí para las grandes primas de los diputados de todos los niveles de gobierno. Los medios, efectivamente, fueron los que ayudaron a denunciar el hecho. Hasta ahí, cumplieron con su cometido: informar y denunciar para que se hiciera justicia. Sin precedentes, todas las instituciones (incluída la CNDH) se movieron para aprovechar la situación y situarse como 'los ángeles guardianes' de un pobre niño indígena. Enseguida se ofrecieron becas y ayudas. La misma Gaviota Presidencial abogó porque se diera seguimiento al caso.

Después, la decepción.

No me refiero a la Selección (de la cual escribiré en otra ocasión). Me refiero a que los medios se inclinaron por hacer de una tragedia todo un espectáculo. Ahora entiendo a los Tarahumaras, Tzotziles, Kiliwas, Purépechas, Mazahuas y a todas esas etnias que buscan persistir sin entrar en nuestro mundo jodido. Ahora entiendo su orgullo. Ahora entiendo su miedo de ser como nosotros. Y nosotros, que nos creemos lo Top of the Class, todavía los miramos con desprecio.

Estamos Jodidos, Mexicanos...

Fuente: http://www.proceso.com.mx/?p=348852

Doble filo

"Si te quieres matar, que quede claro. Porque lo que está pasando, es que te estás columpiando en el borde del sistema; es como patinar descalzo sobre una gillette. Hasta da escalofrío."
- Carlos Brian Belascoarán Shayne, Días de Combate (1976)

Si hace 12 años me hubieran preguntado qué opinaba de mi vida, hubiera dicho que era un sobreviviente de ella. Varios años, varios tropiezos, varias enseñanzas. Varios años de estarme haciendo pendejo, y sólo unos cuantos -después -para ponerme a mano. 

Yo debí haber sido secretaria.

Así de sencilla y complicada es la toma de decisiones. Por un lado, te encuentras entre la disyuntiva familiar, el qué dirán, la complicidad de los amigos, la crítica destructiva y el amor falso, ese que te encuentras a la mitad de la esquina cuando eres un pinche chamaco caguengue lleno de desesperación e ilusiones vanas. Ese que se cuelga de tí y no te deja ir. Ese que te destruye la perspectiva por completo. Y ya dentro de ese torbellino de emociones ¡zaz! La cagas y te tienes que sentar. Y otra vez a rumiar y a rumiar, hasta que crees que ya la haces en algo. Y de nuevo a escalar. Si hace 12 años me hubieran preguntado qué opinaba de mi vida, la verdad no hubiera sabido qué responder. Cometí el error de creerme mejor que muchos y entregarle mi corazón a una. Lo madreó, obvio. Y lo sabía en el proceso. Una relación destructiva. Una relación de un perro y una gata. O de una perra y un gato. Como cuando te azotas contra una pared y sólo ves estrellas y no sabes -de repente -qué te golpeó. Y luego levantas la vista y ahí está: la gran hijaputa. La gran mierda. La gran destructora de ilusiones. La gran devoradora. La gran imágen reflejada de las malas decisiones. Aún así, hubo momentos muy buenos, en complicidad con antiguas necedades. Aquellas que te invitan a salirte de lo ordinario, y así, de repente, te llega la oportunidad a punta de alcohol. Arriba. Abajo. Izquierda. Derecha. Sin puntos cardinales a la vez. Y ahí queda, sin rastro de culpa.

Y luego llega la luz, porque no todo está perdido. La luz que dicta que debes seguir. Se puede representar en varios momentos de lucidez. A veces tenue, a veces incandescente. A veces puede ubicarte como los faros a los marineros en los mares obscuros y tenebrosos. Ese mar que puede ser impredecible, que puede tornarse violento en un instante y dejar el barco seriamente dañado. Pero el faro se mantiene ahí, impávido ante los desmadres venideros. Después algo peor. Algo que no tenías en mente. De repente me he hallado con que los desórdenes mentales no me vienen. No. Algo diferente es que en mi mente ocurran tormentas conscientes y otra que sea infectado por la estupidez ajena. No puedo combatir contra algo que no tiene sentido, contra algo que -de por sí -es incontrolable. Algo que me saca de quicio y no puedo derrotar. El que se enoja pierde. Si a eso le agregas la ignorancia, sale peor. Esa ignorancia que acaba por destruir -de nuevo -una ilusión. Que destruye un pedazo de fe. Que inunda los ojos y que resalta de nuevo las antiguas marcas que duelen más que antes, como brasas. ¿Será éste el infierno? No, ni mucho menos. Sólo lo que me he buscado.

Luego la salvación, de color azul y oro. Esa salvación que no tenía identidad, y que cuando ese ente la encontró, la compartió conmigo. Era como el volcán que emerge de repente haciendo erupción y todo iba para arriba. Pero no se puede combatir tan fácil contra la gravedad. Todo lo que sube tiene que caer, y todo se derrumbó, así nomás. La ilusión, por enésima vez, se fue a la goma, y sólo quedó un montón de estrellitas gritando Nah, nah, naaa, nah, pendejo. No es nada divertido. No es nada sano. Y todo acabó por amargarme. 

A pesar de eso, la presencia ibérica me emocionó, aunque la fortuna no sonrió del todo, me di cuenta que la emoción seguía ahí. Es extraño hacerse de una amistad en circunstancias tan desiguales. Por un lado, inspira a más no poder, enerva el sentimiento, desborda la imaginación. Por otro, el movimiento a falta de látex abre una cercanía pero también una distancia. Es el riesgo y también la conmoción de no saber, de no reaccionar, de no pensar. A toda acción, corresponde una reacción. Sin embargo, esa reacción quedó como pausada, como parte de un bello recuerdo en el corazón que persiste. Y luego de eso, los gritos, la pasión desbordada a tono de chocolate. Esa pasión que no tenía rumbo. Desubicada. De esa que suele ser pasajera, y que también enmarcas en oro, porque sabes valorarla. De esa que se queda en el recuerdo para no repetirse jamás.


Si hace 12 años me hubieran preguntado qué opinaba de mi vida, no me hubiera imaginado qué responder, porque a estas alturas, quiero ser pleno, porque ya sé qué es lo que se siente. Porque ya sé qué debo y no de hacer. Ahora todo marcha con un tono graznado, ahora todo marcha con una armonía desconocida -hasta ahora -por mí. Tengo que ceder un poco, porque a veces soy amargado, a veces soy egoísta... ¿Por qué? Porque siento que di todo y no fuí correspondido. Pero hey, hijoputa, que nadie tiene la culpa de esto. Tú te lo haz buscado y ese ser meloso que comparte la vida contigo no debe tener el mismo destino. Te quiere y te desea. Así, como haz vivido y como eres. Esto de volver a mis orígenes tiene un doble filo. Por un lado, puede ser que me mantenga feliz. Por el otro, habrá gente que no quiera verme así. He ahí la cuestión de ser o no ser. De matar o morir. De deshechar miles de recuerdos para poder subsistir y no quedar en el Infierno que Dante auguraba. Aquel donde miles sufrían por no dejar sus recuerdos vagos, sus ilusiones mundanas, sus caprichos terciarios. Y aquí, es donde entra la conciencia. Esa que va y vuelve como resorte, dando buenas y peores decisiones. Ojalá fuera como los perros. Ellos no tropiezan con la misma piedra. 

Si hace 12 años me hubieran preguntado qué opinaba de mi vida, te hubiera dicho: No sé. Sólo quiero ser feliz.

Cheers...