- Pasa
- ¿Aquí?
- Si ¿qué tiene?
- No sé... Nunca lo había hecho en una oficina
- Nunca habías estado tan ebria.
Ambos rieron. Se sonrieron y empezaron a besarse de forma apasionada. Tal vez era la droga que el doctor Perió le había ingresado a la bebida de Florencia. El psiquiatra era un pederasta consumado, la frágil estructura de la chica de 16 años le atraía de forma tal que el sólo hecho de tocar su suave pelo le provocaba erecciones al punto del orgasmo.
- ¿Y si se entera tu esposa?
- Nunca se va a enterar, confía en mí.
A dos días del encuentro, la nota roja de La Prensa mostraba a ocho columnas el hallazgo de una menor de edad, violada y estrangulada, en un canal del Río de Los Remedios. "Presentaba impactos de objeto contundente en la región parietal izquierda. La policía del DF investiga los hechos." Al lado de la nota, se apreciaba un banner presentando a un candidato a la jefatura delegacional prometiendo mayor seguridad.
Cheers...
"7" - Ira
"Esta mañana me he encontrado un cadáver de un perro en un callejón,
tenía una marca de neumáticos sobre su tripa reventada. Esta ciudad me
teme, he visto su verdadero rostro. Las calles son alcantarillas
alargadas, y esas alcantarillas están llenas de sangre. Y cuando se
forme una costra en los desagües todas las alimañas se ahogarán. La
mugre acumulada de tanto sexo y tantos asesinatos les cubrirá con su
espuma hasta la cintura; y todas las putas y los políticos alzarán la
vista y gritarán ‘¡sálvanos!' y yo susurraré: 'no'."
- Fragmento del Diario de Rorschach
- ¿Qué ves?
- Un rostro
- Hmm... ¿Alguien en particular?
- Si. Está sentado. Ensangrentado. Tal parece que su asesino no dejó nada a la imaginación.
- ¿Me puedes explicar más a detalle?
- ¿Qué tal si lo personalizo contigo?
- ¿Crees que es una buena idea?
Antonio aventó la silla, y clavó la 007 que guardaba en su cargo justo en la yungular del doctor Perió. Éste dejó salir un sollozo mientras la sangre manchaba las paredes. Se convulsionaba, quería como asir algo, aferrarse a algo. Cada vez su cuerpo volvía a una calma.
El dark lo tomó paternalmente del rostro y lo dirigió hacia él.
- ¿Qué ves, doctor? ¿Huh? Yo te diré qué es lo que ves: odio, rabia, miedo. Eso es lo que ves. Y es lo último que verás, grandísimo hijo de puta violador.
Cheers...
"7" - Avaricia
- Tengo miedo.
No era para menos, aunque era demasiado tarde. El cuerpo de Antonio empezaba a contraerse mientras sus huesos sonaban como pedazos de carrizo quebrándose. Había desatado la ira del ser que había custodiado el tesoro de la Casa Grande durante 250 años.
- Tengo miedo. ¡Dios ayud...! - No podía dejar de repetir al momento que el dolor ya se volvía insoportable al paso de los segundos. Veía cómo sus pies iban recorriéndose a la altura de sus genitales, mientas que las manos habían ya desaparecido a la altura de sus axilas. Todo se volvía una masa sanguinolenta que iba comprimiéndose cada vez más.
Se le advirtió que todo tesoro tiene una consecuencia para el que se atreviera a profanarlo. Las consecuencias eran diversas, pero todas tenían un fin: el sufrimiento. Nunca la muerte, no se permitía eso. A éstas alturas, Luis ya debería haber deseado morir ante tal dolor. Sus ojos empezaron a secarse, y el cráneo empezaba a ceñirse junto con su cerebro. Para entonces, su corazón se había convertido en parte de esa pequeña masa de carne que parecía tener vida, como un pequeño feto.
El dolor seguía, y seguiría hasta que alguien con la misma avaricia que él cediera ante el encanto del oro. Y los demonios seguirían esperando otros 250 años, antes de que alguien volviera entrar a ese sitio.
Cheers...
No era para menos, aunque era demasiado tarde. El cuerpo de Antonio empezaba a contraerse mientras sus huesos sonaban como pedazos de carrizo quebrándose. Había desatado la ira del ser que había custodiado el tesoro de la Casa Grande durante 250 años.
- Tengo miedo. ¡Dios ayud...! - No podía dejar de repetir al momento que el dolor ya se volvía insoportable al paso de los segundos. Veía cómo sus pies iban recorriéndose a la altura de sus genitales, mientas que las manos habían ya desaparecido a la altura de sus axilas. Todo se volvía una masa sanguinolenta que iba comprimiéndose cada vez más.
Se le advirtió que todo tesoro tiene una consecuencia para el que se atreviera a profanarlo. Las consecuencias eran diversas, pero todas tenían un fin: el sufrimiento. Nunca la muerte, no se permitía eso. A éstas alturas, Luis ya debería haber deseado morir ante tal dolor. Sus ojos empezaron a secarse, y el cráneo empezaba a ceñirse junto con su cerebro. Para entonces, su corazón se había convertido en parte de esa pequeña masa de carne que parecía tener vida, como un pequeño feto.
El dolor seguía, y seguiría hasta que alguien con la misma avaricia que él cediera ante el encanto del oro. Y los demonios seguirían esperando otros 250 años, antes de que alguien volviera entrar a ese sitio.
Cheers...
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